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        Alejo Vidal-Quadras

        
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        Alejo Vidal-Quadras
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        Andrés Santo

        
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        Enrique Area Sacristán

        
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        Enrique Area Sacristán
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        Inma Sequí

        
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        Iñaki Anasagasti

        
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El regreso del bosque tenebroso

bosque-noche

Otra vez hemos estado dando vueltas a lo mismo. Otra vez se ha líado una gran bronca facebookera aunque, también es de justicia decirlo, en esta ocasión hemos sabido terminar a tiempo. Sin entrar al trapo porque, para bien y para mal, todo este invento da cada vez mayor pereza. A mí ya no me gusta discutir en el face: entre otras cosas porque no nos lleva a ningún sitio. Otra cosa es que no exprese –cuando, donde y como quiera- mis propias opiniones. Siempre he pensado que todos estos problemas no son más, en el fondo y en la forma, que una lucha prolongada en el tiempo –agudizada ahora por el uso de las redes sociales- entre los que queremos opinar libremente y entre los que no nos quieren dejar hacerlo. Entre los que solemos decir lo que pensamos y entre los que no lo dicen nunca. O entre quienes lo dicen y, además, quieren imponérnoslo.

El caso es que entre los unos y los otros, los enemigos de siempre y los nuevos, los adversarios contumaces y leales, los amigos que no lo eran tanto y los que no lo eran en absoluto, los amigos que han dejado de serlo, los sencillos y probos tontolabas, los pichiruchis de mala baba y también los de buena, y los tres o cuatro espontáneos –ayuda inestimable- de diverso encuadramiento y pelaje, han pretendido organizarme un pulcro y aseado linchamiento. Y también –ya metidos en la cocina- han aprovechado para tirar por elevación contra el puñado de honestos ciudadanos que se han adherido al Manifiesto de La Bandera Negra. Para que luego diga Interviú que la extrema derecha en España tiene problemas para unirse. Siempre encuentra, en todo su varíado abanico, una más que eficaz unidad de acción en cuanto se la toca un par de asuntos recurrentes. Uno de esos asuntos recurrentes soy yo. Y si bien antes eso me confirmaba –bendita utilidad de esta disputa inútil- el hecho de que mi trayectoria política transcurría por el camino recto de la normalidad democrática lo cierto es que, en este preciso momento, me ha llegado a aburrir. Esto ya no vale ni para mejorar mi curriculum, porque, al respecto y con clara letra, ya está todo escrito. Aunque, sin duda y para qué negarlo, no pertenecer a esta selectísima concurrencia -y poder así acreditarlo por escrito- constituya una más que evidente ventaja política. Pero aburre.

Porque algo va mal. Algo va mal cuando –después de tanto tiempo de desmarque y de posiciones políticas encontradas- estamos formando parte de algo que podríamos denominar, aunque muy vagamente, como esquema ideológico de confrontación del fascismo. De esta forma, uno puede manifestar su posición contraria a Antonio Tejero o su admiración por Augusto Sandino, o una simple visión favorable a la legalización de las drogas. Uno puede hacer cualquiera de estas cosas y –casi en el acto- se encontrará con un frontal y agrio rechazo público, en redes sociales y en blogs personales o corporativos, por parte de lo más granado de la extrema derecha española. Cuando les conviene –y ellos ahora andan muy revueltos- cierran filas en torno a nuestras afirmaciones políticas. Algo no va bien porque –precisamente y en vez de observarnos de manera independiente y distante- somos un elemento más para su cohesión interna: una maravillosa excusa para galvanizar su odio.

En el fondo, esta no es más que una cuestión de odio. Este concreto sector político –aunque es política y socialmente irrelevante- nos ofrece un ejemplo de lo que está ocurriendo en España y, tal vez, en el resto del mundo occidental. No me refiero a estar en el punto de mira de nuestros ibéricos fascistas. No me refiero a ser insultado por defender cosas de las que ya nadie discute, y que son verdaderos puntos de referencia democráticos. Se puede –y se debe- estar en contra del cuartelazo de Tejero, tanto como se puede –y se debe- sentir profunda admiración por la actuación política de Sandino. Esto es obvio por evidente.

Se trata de algo más profundo que –abandonando el estrechísimo margen de un fascismo de cuartel y sacristía- afecta a los resortes íntimos más oscuros y escondidos de nuestra sociedad enferma. El hecho de que toda oferta política está hoy fundamentada sobre el pilar de la negación de los posibles valores positivos del otro. Oferta política extendida –como una manta de mantero senegalés- sobre las aceras de nuestra miseria moral. Una cultura de la disgregación que –aquí y allá- se impone diariamente sobre los principios positivos del diálogo y del acuerdo constructivo. Somos algo frente a los demás y contra los demás.

En estos tiempos negros de desesperanza y pesimismo, la solución más fácil pudiera consistir en la constante invocación a nuestros miedos: en el recurso permanente al rencor como base de cualquier alternativa política o social. Una siniestra vuelta a los tiempos de una República de Weimar inoperante y en descomposición, económicamente inviable y arrollada por las masas enfebrecidas –y acanalladas- por la revancha y por el miedo hacia un futuro incierto. Las soluciones basadas en el rechazo al diferente y en las visiones autoritarias del poder frente a las que postulan su equitativo reparto.

Aborrezco esta clase de sensaciones. La lucha por un nuevo tipo de sociedad, que crezca sobre las ruinas de la actual, tan sólo podrá ser encarrilada por medio de un retorno a los grandes principios. Esa clase de discurso político que sepa conectar con lo mejor de nosotros mismos, en vez de llevarnos a nuestro lado más sombrío. Grandes conceptos luminosos que –superpuestos a las pequeñeces propias de debates improductivos y malintencionados- vuelvan a ilusionarnos en la larga singladura de la Libertad. Grandes palabras, grandes ejemplos, grandes compromisos y grandes líneas políticas de horizontes abiertos y perspectivas anchas. De vuelta de bosques tenebrosos y de negrísimas líneas de sombra.

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