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Desde lo más profundo de la historia... Lincoln

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Se ha estrenado Lincoln, y uno no puede menos que pensar en los políticos que le han tocado en suerte. Accedía Mariano Rajoy al poder vendiéndonos una cierta aureola trágica de estadista de altura. No sé si alguien le votó porque se lo creía de verdad o porque –en esa extraña lógica ilógica de los votantes del Partido Popular- no se tenía a nadie más a mano para ello. De todas formas, Mariano ha dejado muy pronto de intentar parecerse a Winston Churchill y ha terminado por mostrar rápidamente –y ya sin necesidad de una careta electoral- su verdadera faz de robaperas. Un trilero especializado en esquilmar al pobre, respaldar al rico, ocultar escándalos financieros de correligionarios y amigos, escamotear nuestra soberanía nacional y hundir a nuestro pueblo –cada día un poco más- en las oscuras ciénagas de la desilusión colectiva. Rajoy y su gente, poniendo nombre y apellidos a esta dantesca España de la miseria, del desempleo, de la corrupción y de la tristeza. A esta España huérfana de ejemplos y de referentes morales.

Por eso, llama la atención –más si cabe- el estreno de películas como esta. Historias que nos llevan--desde la Gloria indiscutible de los hechos que relatan- a pensar en nuestra propia realidad. La triste realidad que nos rodea.

Se ha estrenado el esperado Lincoln de Steven Spielberg y de Daniel Day-Lewis. Asombroso trabajo de interpretación de Day-Lewis y asombrosa dirección –una vez más- de Spielberg a la hora de reflejar los últimos meses de la vida del muy cinematográfico Abraham Lincoln, el decimosexto Presidente de los Estados Unidos. Imposible no recordar –ante este nuevo estreno- la magistral El Joven Lincoln, dirigida por John Ford -e interpretada por un inolvidable Henry Fonda- en 1.939. En aquellos momentos difíciles, el Maestro Ford pretendió demostrar –ante un mundo también en caída libre- que existía un conjunto de principios morales y políticos por los que valía siempre la pena luchar: un esquema de reglas inalterables que, en todo momento, debían regir la convivencia de las sociedades libres. Un joven abogado en lucha por los desfavorecidos y que aprende -ya desde los mismos inicios de su carrera- esas tretas de política de andar por casa que nos sabe mostrar tan bien luego Spielberg.

La película nos enseña -estupendo ritmo narrativo y una forma ágil de contar una historia de planteamientos farragosos- las luces y las sombras de esta actuación política. La necesidad que las causas elevadas y nobles tienen -tan a menudo- de bajar a las alcantarillas y de utilizar todas aquellas argucias de la política en minúsculas para lograr ser aprobadas e instauradas. La baja política al servicio -esta vez sí- de las causas nobles. Genial el siempre cínico James Spader (cada vez más gordo y más cachondo) en el papel de agente político del Presidente a la busca y captura de votos y de voluntades compradas por medio de nombramientos y designaciones a cargos públicos.

Pero no nos equivoquemos. El Lincoln de Steven Spielberg nos habla, exclusivamente, de principios.

Enmarcada en los últimos meses de la Guerra de Secesión, la película gira en torno a los distintos problemas políticos que el Presidente debe salvar para obtener la aprobación en el Congreso de la Decimotercera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos. Aquella que, aboliendo definitivamente la esclavitud, resultó finalmente aprobada en la histórica votación desarrollada el 31 de Enero de 1.865. Aquella iniciativa legislativa que –en definitiva- constituye el legado imprescindible del Presidente Lincoln al acervo político del mundo occidental.

Contra viento y marea, el Presidente se esforzará en la aprobación de esta Enmienda Constitucional, la cual juzga absolutamente indispensable para la futura organización política de la Nación.

Un marco histórico del que se ha escrito y filmado mucho. La Guerra Civil Americana que tuvo lugar -entre 1.861 y 1.865- enfrentando a la Confederación del Sur con los Estados que siguieron fieles a la Unión. Es en este punto cuando el espectador español –tristemente acostumbrado a la constante posibilidad de una fractura territorial de primer orden- puede encontrar un evidente paralelismo entre el relato contado por Spielberg y nuestra particular vivencia histórica. Las lecciones que, a veces, nos llegan desde las profundidades de la Historia.

Porque esta película gira en torno a un dilema esencial. Si la Nación se rompe... ¿se lucha única y exclusivamente para conservar la unidad territorial y administrativa del país y para forzar la unidad entre los ciudadanos del Estado o se lucha –en primer y básico lugar- por un conjunto de principios que dan sentido a esa unión territorial? ¿se lucha por la unidad nacional como un principio superior en sí mismo o se lucha por los ideales públicos que deben informar esa unión histórica y administrativa? ¿se lucha por algo más que por permanecer unidos?

Es aquí donde aparece –precisamente- la grandeza del Presidente Abraham Lincoln. Es justo en este punto donde se nos muestra –de manera nítida y luminosa- la diferencia entre un político usual de más o menos claras ideas y entre un hombre de Estado: un gobernante de verdadera talla moral y política.

En relación a una terrorífica y sangrienta guerra civil Lincoln sabe que no basta con ponerla fin. No basta con llegar a un acuerdo inmediato de paz con la Confederación –a esas alturas de la Guerra era evidente, y manifiesta, tanto la derrota del Sur como su voluntad de llegar a una paz negociada, y un fuerte sector del Partido Republicano le estaba presionando para alcanzarla lo antes posible- sino que también ha de asegurarse –para las generaciones actuales y venideras- la prevalencia de los principios por los que tantos hombres han luchado y han muerto. No basta con alcanzar la paz. Hay que asegurar –al mismo tiempo- un determinado proyecto de convivencia nacional. Y esa era la convicción profunda del Presidente Lincoln: la de la absoluta superioridad moral de los valores de la Unión. De este modo, la guerra trascendía de ser una simple cuestión de secesión territorial –del alegado derecho de los distintos Estados de la Unión a regir unilateralmente sus destinos- para convertirse en una cuestión de íntimos principios políticos que afectaban al modelo de convivencia social imperante en los tiempos venideros.

La Guerra Civil Americana era así el último capítulo de la forja de una Nación. La culminación de la tarea política iniciada por los Padres Fundadores en Julio de 1.776 que terminaría –al final de la Guerra Civil- con la abolición de la esclavitud y, por ende, con el fortalecimiento de los instrumentos democráticos de una Unión renacida. Así lo expresa Lincoln en esas magistrales palabras del Discurso de Gettysburg en Noviembre 1.863. Unas simples líneas que, conmoviendo y consolando a un pueblo atribulado, resuenan a través de los siglos con idéntica fuerza y convicción moral: que resolvamos aquí firmemente que estos muertos no habrán dado su vida en vano... Que esta nación, Dios mediante, tendrá un nuevo nacimiento de libertad. Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparecerá de la Tierra...

No es casual que estas palabras aparezcan en el inicio mismo de la película. Aparecen en boca de unos jovencísimos soldados que saben –de memoria- este discurso. Como también se lo saben unos soldados negros que –hablando con el Presidente antes de volver al frente- están intuyendo un mundo nuevo después de la contienda. El sufrimiento originado por estas terroríficas carnicerías tan sólo se justificará a través del triunfo de una jerarquía superior de valores democráticos. Lincoln encarna esa creencia, y sabe transmitírsela a su pueblo.

La cuestión no deja de tener una especial vigencia en España, como puede advertir cualquier lector medianamente informado. Porque hoy son numerosas las voces que exigen –a cualquier precio- mantener la unidad de España frente a toda consideración o circunstancia. Porque hoy –en esta Nación triste y oscura de 2.013- son cada vez más numerosas las opiniones que consideran la unidad española como un principio en sí mismo, de modo absoluto y preferente. Sin embargo, muchos de nosotros sabemos que ello no es así: que la unidad de España no merece sangre, sudor o lágrimas si no va acompañada –indisolublemente acompañada- de un proyecto nacional y de una concepción de un nuevo modelo económico, político y social. Sin ese nuevo proyecto nacional... ¿qué España vamos a mantener unida? ¿la de la Casa de Borbón y la del modelo económico vigente? ¿la España del Partido Popular, la de la Constitución de 1.978 y la de las entidades financieras privadas?

Para defender esa unidad de España muchos de nosotros no moveríamos ni un dedo. Entre otras cosas porque sabemos –como dato indiscutible- que si la España actual se está rompiendo es, precisamente, por esa precisa razón: porque falta un proyecto nacional ilusionante que nos mantenga unidos, y porque es necesaria una transformación de nuestra sociedad –en todas sus posibles facetas- para que queramos seguir estándolo. Lincoln –como exponente de una sólida corriente política norteamericana- supo exponer claramente la idea de que no era suficiente el mantenimiento de la indivisibilidad de la Unión si ello no iba acompañado por un nuevo proyecto de reconstrucción nacional basado en sólidos principios democráticos. La abolición de la esclavitud –con los profundos cambios económicos que esta medida suponía- como símbolo de un nuevo modelo político y social nacido de la Guerra Civil.

El cambio social como factor importante del sacrificio que se está exigiendo a los ciudadanos de la Unión, y como elemento indispensable del Estado nacido de la victoria militar. Defender la unidad para algo y por algo.

El Lincoln de Spielberg nos muestra todo esto durante dos horas apasionantes. Un hombre de Estado que mira –desde su altura inmensa e indiscutible- a nuestros modernos robaperas. Y un sentimiento de envidia y de pena a partes iguales.

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