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Columnistas de opinión

Indignidad manifiesta

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Considero que no es necesario ser jurista, para emitir una opinión cualificada sobre un asunto de tan vigente actualidad como es el derecho de manifestación, máxime si tenemos en cuenta que en no contadas ocasiones, los expertos que debaten sobre la materia otorgan resoluciones sobre el tema tan peregrinas e inexplicables al sentido común que resultan incomprensibles para del común de los ciudadanos. Por eso, mi aproximación a la cuestión va a intentar sostenerse con la legislación española vigente, sobre derecho comparado y una generosa dosis de coherencia.

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Eliminar las vallas de Ceuta y Melilla

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En las últimas semanas, cientos de inmigrantes de origen subsahariano han protagonizado varios intentos de entrada a Melilla y a Ceuta en distintos grupos, algunos de los cuales se han encaramado a la valla desde donde lanzaban gritos como «España, España» o «Libertad», según han informado a Efe fuentes policiales.

Se calcula que, la semana pasada unos 400 inmigrantes lo han intentado por una zona, situada entre Villa Pilar y el CETI, mientras que otros 300 lo han intentado también por las inmediaciones del paso fronterizo de Beni Enzar.

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La piedra múltiple

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Aparte de la natural indignación por la irresponsabilidad, deslealtad y mendacidad que comporta, el proyecto de los separatistas catalanes empieza a producir un cierto hastío. Una vez más, y ya van incontables, se reabre la cuestión de una financiación singular y privilegiada para Cataluña dentro del Estado autonómico, y de nuevo el Gobierno central lanza mensajes de que está dispuesto a hablar del asunto mientras el Partido Socialista por su parte reclama un diálogo constructivo. Todo parece apuntar a que el inminente debate en el Congreso sobre la petición del Parlamento catalán de que le sea transferida a la Generalitat la competencia de convocar referendos, será la ocasión para que se abra la puerta a esta solución. Pero es aquí donde surge incontenible una agobiante sensación de fatiga.

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El Estado: Naciones sin nacionalismo

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El que fue presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, abrió el debate autonómico de 2004 con las siguientes palabras: "Cataluña es una nación; quisiera que de tan natural, esta expresión dejara de enojar a unos y de sobreexcitar a otros". Esa actitud no es patrimonio exclusivo de nuestra cuestión territorial; según Gellner "el nacionalismo suele considerarse a sí mismo como un principio manifiesto y evidente que es accesible a todos los hombres y que sólo violan algunas cegueras contumaces, pero de hecho debe su capacidad de convicción tan sólo a un conjunto de circunstancias muy concretas que se dan hoy, pero que han sido ajenas a la mayoría de la humanidad y la historia". Lejos de toda evidencia palmaria de la reivindicación nacionalista, lo cierto es que, continúa, "el nacionalismo, el principio que predica que la base de la vida política ha de estar en la existencia de unidades culturales homogéneas y que debe existir obligatoriamente unidad cultural entre gobernantes y gobernados, no es algo natural, no está en el corazón de los hombres y tampoco está inscrito en las condiciones previas de la vida social en general"; tales aseveraciones, concluye Gellner, "son una falsedad que la doctrina nacionalista ha conseguido pasar por evidencia". (Ernest Gellner, "Naciones y nacionalismo", Alianza Editorial, Madrid, 1988). Por eso resulta tan complicado definir a las naciones: porque, aunque "la característica principal de esta forma de clasificar a los grupos de seres humanos es que (...) los que pertenecen a ella dicen que en cierto modo es básica y fundamental para la existencia social de sus miembros, o incluso para su identificación individual", la verdad es que "no es posible descubrir ningún criterio satisfactorio que permita decidir cuál de las diversas colectividades humanas debería etiquetarse de esta manera". (Eric J. Hobsbawm, "Naciones y nacionalismo desde 1780″, Editorial Crítica, Barcelona, 1992).

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Una nueva Transición

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Es difícil hacerse una idea, sin haber sido testigo directo de la historia, de lo que realmente significó la Transición en España. Para quienes hemos nacido en democracia y vemos el derecho al voto como algo natural, nos expresamos con libertad y podemos significarnos políticamente por convicción y sin necesidad de escondernos para hacerlo, todo lo que representa el pasado, queda desdibujado en un cierto halo de recuerdo que conocemos por boca de nuestros padres y abuelos y que a buen seguro habrá dulcificado el paso del tiempo, que todo lo cura y que se encarga de poner, siempre, cada cosa en su lugar.

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Suárez, el “If” de Kipling

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Durante años mantuve en mi conciencia cierto resquemor y profundo rechazo por Adolfo Suárez. Por haber "traicionado" un régimen en el que realizó su carrera política, dirigió TVE y en el que fue ministro Secretario General del Movimiento. Por haber traicionado su juramento, como el rey, de cumplir su cargo con "estricta fidelidad a los principios del movimiento y leyes fundamentales del reino". Por haber dado paso a una "Transición" que permitió la legalización del Partido Comunista y la Amnistía del 77. Por haber dado paso a una partidocracia, representación máxima de una pseudodemocracia donde el pueblo sigue explotado, el trabajador marginado y en precario, el ciudadano desamparado, y los derechos sociales siguen siendo papel mojado. Por haber introducido, a través de los Pactos de la Moncloa, el principio de la contratación temporal, para dar paso a la basura de compra venta de trabajo que ahora tenemos. Por habernos perseguido a los jóvenes (adolescentes, en mi caso) que comenzábamos a militar en política defendiendo los principios que Suarez, y el rey, traicionaron tras jurarlos. Por haber sacado por la puerta de atrás a las víctimas del terrorismo tras ser asesinados en brutales atentados para "no provocar" y no crear mayor "alarma social"...

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Cultura; por Enrique Area Sacristán

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La capacidad de adquirir nuestra cultura no prejuzga de qué cultura se trata. Las culturas varían dice Gellner, de una comunidad a otra y también pueden cambiar con gran rapidez dentro de una comunidad particular. Tenemos constancia en España que las sociedades pueden cambiar de idioma por decisión "colectiva", por motivos políticos como ocurre en Vascongadas y Cataluña. Gellner pone el ejemplo de una comunidad del Himalaya dedicada al comercio, tras llegar a la conclusión de que el futuro pasaba por integrarse en el estado hindú nepalés y no ya por la cultura, antaño prestigiosa, tibetano-budista del norte, decidió cambiar su propio idioma tribal por el nepalés y trocar el budismo por el hinduismo. Lo que nos indica que los rasgos culturales, aunque a menudo se experimentan como algo dado, pueden someterse a un control deliberado. Las leyes de la transmisión cultural, sean las que sean son sin duda muy distintas de las que rigen la transmisión genética. De hecho, por definición, permiten la retención y la transferencia de las características adquiridas: cabría decir que la cultura es la reserva perpetua, y a veces transformada y manipulada, de rasgos adquiridos. Las consecuencias que ello supone para la naturaleza de la vida social son enormes: significa que la diversidad es amplísima y que el cambio puede ser extremadamente rápido y difícil de asimilar por las organizaciones. El cambio cultural, por ejemplo, que se ha realizado en el sistema de enseñanza militar, eliminando el Oficial tipo héroe idealista del que hablaba Morris Janowitz, "El soldado profesional", dando prioridad, en cambio, a la educación de profesionales del tipo técnico puede desencadenar en el futuro inmediato un vacío doctrinal en la cadena de mando, al igual que se ha producido en la sociedad vasca y catalana en relación con sus afinidades nacionales.

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