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Suecia, de rodillas: el reportaje censurado sobre el nuevo terror musulmán

suecia-refugiados

Nadie lo hubiera podido imaginar hace sólo unas décadas, cuando las suecas eran sinónimo de liberación y de progresía. Eran el modelo de la mujer emancipada, audaz y retadora.

Pero la socialdemocracia cometió el grave de error de abrir la mano a la emigración africana y asiática –y lo peor de todo: mayoritariamente de religión musulmana-, y dar subsidios a los nuevos pobladores, y de no hacer nada por fomentar la natalidad de la población autóctona.

Cuatro décadas después el país escandinavosestá plagado de zonas donde los "moros" son mayoría, aterrorizan y violan a las mujeres, y lo que es aún peor, donde la corrección política obliga a disfrazar tan terrible realidad, de manera que Gobierno, medios de comunicación e incluso Policía se esfuerzan por tapar los hechos. La autocensura y la ley del silencio impiden conocer la verdad.

Una periodista británica, Katie Hopkins descubre el verdadero rostro de una Suecia marcada por la violencia, la anarquía y la amenaza permanente para las mujeres. Lo hace en un reportaje que ha publicado el Daily Mail y que, por su interés reproducimos.

Suecia ya admite que se han multiplicado las violaciones con la llegada de refugiados

"No he venido a Suecia por los disturbios. O debido a Trump. Vine porque me lo pidieron. Reiteradamente.

Vine porque mujeres suecas por correo electrónico, o por carta, me mostraban en voz baja qué ha sido de su país.

Papás que escriben preocupados por sus hijas, tuiteando que Suecia no es el lugar que la gente se imagina, que las jóvenes tienen miedo de salir por la noche.

Unas noticias alimentadas con informes de violaciones y asaltos a mujeres jóvenes de Suecia, algunos inexplicablemente transmitidos en vivo por su cuadrilla de perpetradores a través de Facebook, dando detalles de cómo las atacaron.

Otros informes apartados silenciosamente en una caja etiquetada como tabú: la violación de un niño de 12 años de edad, inmigrante y solo, por un denominado "compañero de inmigrantes sin compañía" que más tarde se jactó de tener 45 años.

Cuando Donald Trump dirigió la atención mundial hacia Suecia al referirse torpemente a los efectos de la migración masiva sobre el que solía verse como el país más liberal de la tierra, la nación escandinava estaba ya a punto de reventar.

Abastecidos por el oxígeno de la publicidad, miles de emigrantes jóvenes y aburridos actuaron aquí en Rinkeby, apodada la 'Pequeña Mogadiscio', la semana pasada: saqueos, disturbios, quema de coches...

Mientras los progres contrarrestaron diciendo que eran noticias falsas, la derecha destacó el caos provocado en esta ciudad de Rinkbey, donde el 90% de los residentes son extranjeros.

Las estadísticas sobre violaciones se compartieron y fueron ampliamente interpretadas: algunos dijeron que Estocolmo era "la capital europea de la violación", o que el aumento de las agresiones sexuales era una mera anomalía estadística y que si mirabas el gráfico de al lado verías que en realidad las cifras estaban cayendo.

Pero en un mundo de noticias polarizado, todavía debe haber algunas verdades que aguardan ser contadas. Incluso si son sólo observaciones de una mujer blanca sola, indefensa y que sufre una fatiga manifiesta.

Y he encontrado todo aquí, ofrecido a la vista de cualquiera que pueda ver u oír. Siempre que sean capaces de dejar de tomar fotografías de los coches quemados o de reinterpretar las estadísticas de violación para que se adapten a su preconcebida agenda.

Una muchacha de 27 años – llamémosla Lucy- se muestra aterrorizada de salir sola. Vive cerca de un transitado centro comercial, que atrae a los emigrantes de las zonas de las áreas marginales, y teme andar para ir a trabajar y regresar a casa hogar.

Bajo el puente cercano a su piso se reúne un grupo de hombres. Durante todo el día y la noche. Pueden llegar hasta ella fácilmente por una escalera. Como una cabritilla, se apresura a pasar en medio, llevando su aerosol protector. Asustada.

La chica se sabe de memoria los últimos casos de violación, los cita para mí, las palabras le brotan a borbotones, una larga serie de acontecimientos horribles. Parece estar esperando su turno para añadirse a la lista.

No puede decírselo a su madre. No quiere que se preocupe.

Asaltaron su apartamento la semana pasada, a plena luz del día. Los ladrones se llevaron su ordenador portátil y las llaves del coche, y más tarde su vehículo. ¿No llamó a la Policía? Sí, pero los agentes le dijeron que estaban demasiado ocupados para acudir.

Lucy no quiere que le saquemos fotos. No tanto por si los emigrantes la atacan de nuevo, como por el ataque de las feministas tachándola de racista por hablar.

Los hombres emigrantes la asustan. Pero son las mujeres suecas las que la han silenciado.

Lo vi en directo cuando me encontré con una granada de mano sin explotar en una papelera, junto a una comisaria en una zona de exclusión de la ciudad, cerca de una mezquita.

Le pregunté a la Policía cuál era el objetivo. Me contestaron que no lo sabían. Le pregunté al líder musulmán en la mezquita. Dijo que pensaba que era la Policía.

Entonces, dos mujeres me agarraron y me dijeron que no relacionara lo de la ganada con la mezquita, para no hacer de esto una cuestión musulmana, que era un asunto policial, que no tenía nada que ver con los emigrantes. Yo no entendía nada.

Doce horas antes de aterrizar en Suecia se incendió un centro de acogida, incendio que se sospecha intencionado; colocaron una granada de mano en un contenedor, ya fuera contra la policía o la mezquita; y otra granada de mano explosionó, hiriendo a una persona en Malmo.

Hablamos de Suecia, la Suecia del siglo XXI, un país idolatrado por sus ideales ultra-avanzados.

Un cámara del equivalente sueco a la BBC me preguntó por qué este tema tenía que ser objeto de polémica; ¿por qué no podría ser simplemente que alguien puso un artefacto explosivo en un contenedor? Le miré y me pregunté cuál de los dos estaba loco.

Más tarde volví a caminar por los suburbios marginales, para terminar de nuevo en el centro de la ciudad. Una semana antes, este lugar fue incendiado y saqueado mientras todo el mundo miraba.

Me preguntaba que había de raro, además de una calma extraña. Y me dio cuenta de que yo era la única mujer en ese lugar. Todos eran jóvenes, africanos y varones. Hablando árabe. Deambulando alrededor, completamente sin propósito alguno.

Frustrada, le pregunté a uno de ellos qué estaban haciendo.

"Jódete, puta mujer blanca, vete a mamarla a casa", respondieron, y procedieron a demostrar lo que le hicieron a sus' amiguitas blancas'.

A la mañana siguiente, fui a un centro local multirreligioso de mujeres para preguntar dónde estaban todas por la noche, ¿por qué se quedaban en el interior? ¿Por qué, en un país orgulloso de su igualdad, estaban encerradas dentro?

Yo estaba dispuesta a culpar a su religión, hostil a hacia una ideología regresiva, que mantiene a las mujeres en la cocina. Pero eso era sólo una parte de la historia.

Una señora explicó: hay un código moral extraño aquí, en Rinkeby. Está mucho más expuesta al crimen si usted no es un musulmana. Estos chicos piensan que pueden tomar todo lo que quieran de una mujer que no lleva un hijab o que no cubre al menos su cabello.

Otra, Besse, me dijo: no salimos a las calles aquí tras el anochecer. Es demasiado peligroso. He vivido aquí durante 25 años y ha ido de peor en peor. La situación actual es tan tensa que me es imposible, por ejemplo, ir al supermercado para conseguir un poco de leche.

Parwin, una mujer cristiana, culpó a las mezquitas: se debe a todo lo que están enseñando en la mezquita. Son salafistas, al igual que el Estado Islámico. Y añadió: Deberían cerrar la mezquita porque es allí donde estos chicos han aprendido estas cosas malas.

No salen porque tienen miedo -musulmanas, cristianas, jóvenes y ancianas por igual-.

Al igual que la sueca Lucy, atrapada en su casa por miedo.

Preocupadas por sus hijos, demasiado preocupadas como para contárselo a sus propias madres.

Lo sentía por estas damas, reconfortadas aquí en compañía de las demás, pero terriblemente solas en casa. Sólo cuatro hablan sueco; el resto todavía dependen de la lengua árabe. Incluso después de 25 años.

Me fui entristecida. Entristecida porque en un país tan orgulloso por los derechos de la mujer, que lidera el camino por la maternidad y la igualdad de la mujer, existieran formas de vida como estas.

Donde las mujeres de cualquier religión y color se encuentran atrapadas en su casa por miedo.

Donde los jóvenes están dispuestos a decirme a la cara que soy una puta blanca y hacerme gestos sexuales para ponerme en mi sitio.

Donde la razón por la que una mujer tiene miedo a mostrar su cara se debe a que las feministas la vilipendiarán con insultos raciales.

Donde la cadena de televisión pública quiere que considere el hallazago de una granada de mano en una papelera como algo completamente normal.

Honestamente puedo decir es que nunca me he sentido tan sola".

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